A partir de hoy aparece en EL CAPUCCINO este personaje que resulta ser no un alter ego de la autora, sino casi mi hermana gemela. Por medio de ella relataré historias cotidianas sucedidas en mi vida real.

La Bruja Pantufla entró a la librería sin prisa. Colocó su gran bolso negro sobre el escritorio, de uno de los bolsillos sacó su teléfono móvil y lo ubicó dentro de su chaqueta de lana rosada (no siempre las brujas van vestidas de negro). Sacó un esfero y una hoja de papel que ya tenía escritas algunas palabras. Saludó al vigilante mientras guardaba el bolso en un casillero y reanudó su minucioso recorrido iniciado el día anterior.
Leía con mucha atención cada título y de vez en cuando sacaba algún libro para leer la reseña de la contraportada o la biografía del autor. Si uno le interesaba particularmente, apuntaba el título en el papel que llevaba. A veces se enredaba porque necesitaba sostener el papel con una mano, el esfero con la otra, el libro y además, introducir un dedo en el espacio que quedaba entre los dos libros ubicados a lado y lado del escogido para volver a colocarlo en su lugar cuando terminara de copiar el título. ¿Que hubiera podido dejarlo en cualquier otro espacio? Claro que sí, pero se lo impedían dos motivos de peso: primero, tenía escrúpulos de bibliotecaria y se ponía en el lugar del empleado o empleada que había colocado todos esos libros en orden alfabético según el autor y segundo, los libros estaban tan apretados que no había el más mínimo espacio vacío diferente del que dejaba el libro extraído del estante.
Cada tanto se acomodaba los lentes que amenazaban con resbalar de su diminuta nariz y se agachaba a leer los títulos de los libros ubicados a ras de piso, en el entrepaño más bajo del estante. Cuando se incorporaba de nuevo –devolviendo la ensortijada melena hacia atrás-, hacía una mueca de dolor ya que la posición le hacía doler los muslos y las caderas (hay que decir que la Bruja Pantufla debía tener algún ancestro afro que se manifestaba en las caderas un poco anchas y el cabello muy rizado) y en algún momento dejó escapar un leve quejido que sobresaltó a otros clientes de la librería.
Hubo un estante, el de la sección de Literatura correspondiente a la letra R, que no le dio mucho problema, ya que pudo pasar por encima de la gran cantidad de libros de Anne Rice con rapidez porque no le interesaban las historias de vampiros producidas como salchichas por la norteamericana. Lo mismo le ocurrió con el estante de la K, porque ni Stephen King ni Milan Kundera eran de su gusto. El primero por la misma razón que la Rice y el segundo porque, de tanto leerlo en su adolescencia, se había saturado y había desentrañado la fórmula estructural de sus novelas hasta llegar al punto en que le parecían calcadas de un mismo modelo. Por supuesto que esto no era culpa del autor checo sino de la Bruja que no dio tregua y resultó leyendo toda su obra en un período muy corto.
En un momento dado, el rostro de la Bruja Pantufla pareció iluminarse al leer un título y, como era de esperarse, sacó el libro tomándolo por la parte superior. Lo hojeó al tiempo que sonreía como si observara su propio álbum de fotos: parecía estar recordando y reconociendo lo que estaba allí escrito. Asentía imperceptiblemente a medida que pasaba las hojas y luego decidió dejar el libro en su sitio sin escribir nada en la maltrecha hojita que llevaba en la mano. Se trataba de Incesto, uno de los Diarios de Anaïs Nin, que ya reposaba desde hacía varios años en la biblioteca personal de la Bruja Pantufla y le había sido obsequiado por su gran amigo el vaquero Joseph Mac Gregor.
Sin embargo, la verdadera transformación de la Bruja tuvo lugar ante el estante de la M, cuando encontró algunas obras de Alberto Manguel, el argentino que la tenía hechizada desde hacía un par de años cuando conoció su libro Leyendo Imágenes gracias a otro gran amigo, el Brujo de la Esfinge. Con Manguel, la Bruja corría el riesgo de saturarse como le ocurrió con Kundera, ya que después de Leyendo Imágenes había leído La Biblioteca de Noche y hacía muy poco había comenzado Al Otro Lado del Espejo.
Finalizado el recorrido dos horas y media después, la Bruja salía de la librería con su lista de títulos aumentada en varias unidades y además ampliada con los precios de los libros que le habían interesado… desafortunadamente su glotonería lectora resultaba bastante costosa y no alcanzaba a ser cubierta por el bono de regalo de cien mil pesos que se había ganado como premio en un concurso de cuento. Pensó que debería hacer milagros con la prima que le pagarían en Diciembre como empleada de la biblioteca y completar la suma de un millón treinta mil pesos que costaban todas las obras que quería.
Hola..me llamo paloma y he leido lo que le ha pasao a tu gatito en el ojo...a mi gato le ha pasado lo mismo y me gustaria saber que sucedio finalmente con tu gato y que es lo que tenia..
Mi msn es Mika_gatita@hotmail.com si pudieras contactar conmigo y contarme me sentiria mejor...estoy muy preocupada
Muchos besos