Anoche terminé de leer la novelita que ha hecho furor en los últimos años entre los adolescentes latinoamericanos.

abzurdah

A pesar de la insistencia por presentarla como la gran novedad, ABZURDAH, de la argentina Cielo Latini, no deja de ser otro relato testimonial / adolescencial equivalente tal vez a lo que significaron "Pregúntale a Alicia" (Estados Unidos, años 70), "Christiane F." (Alemania, años 70), "El regreso del infierno" (Colombia, años 80), "De la gloria al infierno" (México, años 90) o más recientemente, "Cien cepilladas antes de dormir" (Italia, comienzos de los 2000).). Historias supuestamente autobiográficas presentadas bajo el gancho de ser ‘basadas en casos reales’, donde un protagonista jovencísimo (generalmente una mujer) narra descarnadamente sus experiencias en el camino del peligro que esté de moda, ya sea la droga, el sexo, la anorexia o Gloria Trevi y su banda comandada por Sergio Andrade, para el caso específico mexicano.

Pero la idea aquí no es cuestionar la creatividad de los editores de ABZURDAH, sino comentar algunas de mis reflexiones ante el contenido de la novela.

El tema de la anorexia no deja de ser inquietante en la medida en que no es una sustancia lo que genera la enfermedad, como en el caso de las drogas, las cuales han sido perfectas depositarias de la satanización por parte de gobiernos, medios de comunicación y familias. En la anorexia es precisamente la falta de sustancia lo que genera la patología. Dicen los psicoanalistas que “no es que la anoréxica no coma, es que come nada” , haciendo uno de esos juegos de palabras que les encantan y que necesariamente nos tienen que explicar a los mortales no iniciados en los arcanos saberes lacanianos. La sustancia que alimenta a la anoréxica es la nada, según los sabios del diván.

Sin embargo, la anorexia de C. Latini al parecer era sustentada por la atención de Alejo, el hombre al cual la niña culpa de todas sus desgracias (aunque en algunos apartes nos hace saber que también eran responsables sus padres, sus hermanos, sus amigas y hasta el gato). Es aquí donde comienza a patinar la historia de Latini, ya que tuve la oportunidad de conocer un blog llamado Me dicen Alejo, donde supuestamente él relata su versión de los hechos y la presenta como una muchachita manipuladora y poseedora de un ansia de poder extrema que le hace arrasar con todo lo que encuentre con tal de conseguir el control sobre todo y todos. No es que yo quiera tomar partido por él, pero sí confieso que es mucho más creíble el cuadro que muestra, las escenas son más vívidas en la visión de él, ya que las narra tiñéndolas con sentimientos y pensamientos que las hacen convincentes. Cosa que no ocurre con el personaje descrito por Latini: el Alejo que muestra ella no me enamora (en la fase en la que ella se fascina con él y posteriormente se obsesiona) ni tampoco me hace odiarlo (cuando ella trata por todos los medios de achacarle su anorexia y sus episodios de automutilación). En general, la acción en la novela de Latini es completamente superficial: desplazamientos de un lugar a otro, conversaciones, correos electrónicos y transcripciones de chateos pero muy pocas o ninguna frase que nos muestre a la protagonista en su interior… una niña vacía, de alimento y de sentimiento.

Ahora sí lo que quería decir: no quiero hacer semblanza de mujer buena y sana, no quiero ganarme el odio encarnizado de las seguidoras de las diosas Ana y Mia, pero es que realmente nunca las he podido entender. Es cierto que mi madre tiene una relación difícil con la comida, pero la observación cotidiana me permite concluir que en general las mamás que son o han sido amas de casa van dejando de comer por cansancio (ellas son las que cocinan todos los días) y además por una pérdida de sensualidad/sensibilidad que se refleja en otras áreas de la vida. Sin embargo, yo paso por un momento de la vida en el que disfruto apasionadamente de los placeres gastronómicos. Con esto no quiero decir que sea una gourmet exclusiva, no señores, hay que ver las fiestas que hago cada vez que Jota me invita a comer fritanga callejera (ahorro la descripción del manjar, por respeto con los estómagos sensibles de mis lectores extranjeros que no conozcan una de las mayores delicias de la cocina colombiana). También disfruto (y me enloquezco) con platos exóticos (comida iraní, árabe, japonesa…), con la comida de mar que es mi preferida o incluso con la sencillez de un arroz blanco con un huevo frito encima (invento colombiano mucho más emblemático que el ajiaco o la famosa bandeja paisa). Para mí la comida es una muestra de lo viva que puedo estar, ya que al poco rato de haber comido, vuelvo a sentir hambre y no siento ningún reato de conciencia cuando me como una galletita o una empanada a deshoras o me tomo una gaseosa cuando tengo sed.

Claro, los que no me conocen estarán pensando que, con semejante manera de comer soy poco más o menos un tanquecito miniatura. Pues fíjense que no, no tengo ni idea cuánto peso (la vez que fui al médico no me molesté en mirar la báscula) pero sé que no estoy sobrepasada. Lo que sé es que me gusta la imagen que veo en el espejo: tengo cintura (no de 60 centímetros, obvio), tengo unas bonitas proporciones para la estatura que me tocó en suerte y por fortuna, tengo un metabolismo tan veloz como mi pensamiento, así que mi consumo de nutrientes no genera excesos colgantes en mi cuerpo (sólo una pancita mínima). Mi amado dice que lo que como se me va al cabello y al trasero, así que vive fascinado con mis hábitos alimenticios.

Pienso que más allá del cuidado corporal, esto tiene que ver con el estado anímico en el que uno se encuentra. Lo digo por experiencia propia, ya que es cierto que la comida me caía mal hace unos 5 años o más (que lo digan los aseadores de la Casa de Moneda, donde se expuso la Colección Rau en el año 2002 en Bogotá y que lo diga mi ex novio, quien me acompañaba ese sábado) y por lo tanto vomitaba involuntariamente casi todo lo que ingería que no fuera preparado en mi casa y sin condimentos. Aunque disfrutaba terriblemente del pollo asado dominguero por ejemplo, terminaba los fines de semana muriéndome del dolor de cabeza y con la posterior devolución de atenciones. En aquella época mi cena consistía en un pocillo de café en leche y un pan untado con mantequilla, ya que si ingería algo más pesado corría el riesgo de indigestarme. Hoy en día, rebosante de felicidad como estoy, ceno más tarde (hacia la media noche, por mi horario de trabajo) y puedo comerme perfectamente un burrito mexicano o un plato de garbanzos sin que me pase nada malo. Ni hablar de los almuerzos pantagruélicos patrocinados por mi suegro (chef excelso) o de las sesiones de ‘cocina rara’ con Los Sínoples en las que me he tomado hasta 3 litros de sopa picante preparada por mí misma… fue un error de cálculo, pero la sopa estaba buena, qué carambas. Es que la evolución que he tenido en el último lustro me ha hecho sanar muchos aspectos de mi vida que estaban un poco chuecos aunque nunca llegué a los extremos a los que llegan las niñas abzurdahs como la que motivó este post.

Creo que ha llegado la hora de cerrar este artículo, no sin antes aclarar que respeto profundamente las elecciones que aún en medio de sus patologías hace cada persona, que espero que haya algún aprendizaje de todo el mal que le hacen a sus cuerpos y que deseo con todas mis fuerzas que encuentren el suficiente amor para curarse.

Ahora me voy porque hay un plato de lentejas con salchichón esperándome para almorzar… un mordisco a todos!