Remembranzas de una época feliz y homenaje a un hombre muy especial…

Con este reciente Día del Padre se generaron sentimientos encontrados en mí. Lo más importante es el hecho de que mi progenitor Ken Titus no se encuentra cerca y por lo tanto, la única celebración posible ha sido una llamada para expresarle lo mucho que lo quiero.
Pero no es de él de quien quiero hablar hoy. En mi familia se tenía la costumbre de felicitar en este día a todos aquellos que cumplieran la función paterna aunque no fueran el propio padre biológico; así que, cuando yo era niña, le daba “abrazo y pico” a todos mis tíos, a mis abuelos y en general a cualquier hombre adulto que se atravesara y fuera de confianza.
Uno de ellos, mi abuelo materno, era tal vez el que más se acercaba al concepto de patriarca que existe en el imaginario colectivo. A su alrededor había formado una familia compuesta de dos hijos y cuatro hijas que le habían dado (oficialmente, sin datos de otros municipios) 16 nietos. Casi todos nos reuníamos los fines de semana y nos dividíamos en tres grandes grupos: los niños jugábamos en el antejardín o en el primer piso de la casa; las mujeres se reunían en una sala auxiliar a conversar o hacerse manicure con el esmalte de las hermanas y cuñadas; y los hombres se juntaban en el cuarto de juego a apostar monedas de baja denominación en el dominó, el parqués o los juegos de naipes.
El abuelo tuvo muchos oficios: en su juventud trabajó en los Ferrocarriles Nacionales fue constructor y finalmente vendedor de Pastas Doria, donde se ganó el respeto y el cariño de la familia Talani, los dueños fundadores de dicha marca. Era tal su buen desempeño en las ventas y su astucia para hacer buenos negocios, que se ganó el mote de “Jalisco Nunca Pierde”, en una época en que los cachacos como él eran maestros en poner apodos y las películas mejicanas hacían furor en nuestro país.
Cuando yo nací mi abuelo ya se había pensionado de Doria y por lo tanto, gozaba de tiempo libre entre semana, que invertía en visitas al banco –donde era un cliente tan conocido y apreciado que la gerente lo recibía personalmente en su oficina-, visitas a sus amigos o en entretener a los nietos con los mil y un juegos que inventaba.
La llegada de los primeros aparatos de betamax a Colombia trajo para mi abuelo uno de los pasatiempos más gratos para su vejez, ya que se dedicó a comprar cintas vírgenes para grabar los programas de televisión fuera de su interés o del de sus nietos. Él era de los que subrayaban la revista Elenco, que venía los jueves con el periódico EL TIEMPO y después se madrugaba los fines de semana para grabarnos El Chavo, Los Superamigos, El Pájaro Loco y cuanto programa de dibujitos animados hubiera en la tele.

Los viernes en la tarde, aprovechando que no había tanto apuro para hacer las tareas del colegio, llegábamos todos los nietos a tomar onces (que consistían por lo general en un vaso de gaseosa y un sándwich), a ver las películas que nos había grabado o a jugar Snoopy, un juego electrónico que trajo mi abuelo en un viaje a Miami y del que organizábamos torneos que duraban toda la tarde. Consistía en una máquina a pilas, una caja del tamaño aproximado de una pantalla de computador, con la figura del famoso perrito acompañante de Charlie Brown y su amigo Emilio, el canario. En la oreja, la nariz, la pata y otros puntos estratégicos del muñeco, había botones que se iluminaban y daban una nota musical específica; el juego consistía en que la máquina proponía una secuencia de notas que aumentaba en una por cada vez y el jugador debía repetirla en el orden correcto so pena de perder su turno y no ganarse el premio especial que otorgaba mi abuelo a final del mes.

El título de este post hace referencia a una actividad que mi abuelo solía compartir conmigo en la época de vacaciones y que tenía como fin comprobar mis avances en lectoescritura. Él me llevaba a sus salidas diarias y, después de haber visitado a sus amigos adultos, me invitaba a comer un helado y si el clima lo permitía, me llevaba por lo general al prado que circunda la escultura ALA SOLAR, del maestro venezolano Alejandro Otero (en la 26 con Américas, en Bogotá). Allí, localizaba con la vista un anuncio y me preguntaba por ejemplo: “¿Dónde dice ‘cafetería’?”. Yo debía encontrar, en un breve lapso de tiempo establecido por él, el aviso donde se encontraba la palabra elegida. Este juego tuvo lugar muchas veces, ante mis sorprendidos ojos cuando se juntaban las letras una con otra y formaban un concepto asociado muchas veces a una imagen. Recuerdo en especial los avisos de las puertas de los baños femeninos y masculinos en un establecimiento ubicado donde ahora queda UNIAPEL, porque no tenían el muñequito impersonal que se ha estandarizado hoy en día, sino una Betty y un Pablo Mármol, respectivamente.
Este día del Padre, me acordé de mi abuelo porque ya no podemos hablar como antes, no es posible llamarlo ni visitarlo. Hay personas de la familia que se han aprovechado de su credulidad de anciano para contarle infamias de sus nietos y de sus hijos con el único fin de quedarse con una supuesta herencia. Él está físicamente enfermo, sus capacidades mentales ya se encuentran deterioradas y es posible manipularlo fácilmente.
Quero aprovechar esta oportunidad para decirle a mi abuelo (y de paso, a mi abuelita Leo, preciosa): te quiero mucho, te respeto y admiro pero no quiero ni necesito tu dinero. Con tu influencia hiciste de mí una persona alegre, honesta y, al parecer, buena negociante como tú; así que no necesito depender económicamente de nadie para generar lazos de afecto sinceros.
Abuelos: gracias por sus enseñanzas, ya nos dieron a sus nietos el suelo donde echamos raíces; ahora, déjennos abrir las alas y volar tan lejos como nuestros sueños y ambiciones nos lo permitan.













http://110911
26.06.08 @ 23:45