por
Lylanda
@ 2007-09-14 - 10:25:06 am
Hace pocos días estoy en mi nuevo apartamento, con todo lo que esto implica: un nuevo barrio, nuevos vecinos, adaptación de mis horarios a las nuevas distancias y las nuevas condiciones de transporte, reorganización de mis pertenencias…



Hasta la semana pasada yo vivía en pleno centro de la ciudad: un sector eminentemente comercial que se caracteriza en los imaginarios urbanos como ‘inseguro’. Cuando me fui a vivir allí, todos mis conocidos, mi familia y en general la gente que se enteraba, ponían el grito en el cielo argumentando precisamente eso: la inseguridad que –según ellos- reinaba en el sitio que había elegido. El edificio donde se encontraba mi apartamento no contribuía para nada a mejorar la imagen que se habían hecho: compuesto básicamente por apartaestudios, era refugio ideal de personas que viven solas o como máximo, en pareja. Se trataba de estudiantes universitarios de provincia (léase: costeños bullangueros), artistas, artesanos, vagos… y nosotros.
Además, el edificio está ubicado en un callejón cerrado donde la imaginación del Dante vería atracos callejeros, violaciones y quién sabe qué otras acciones por fuera de la ley.
En ocasiones uno deseaba haber nacido con la cualidad que accidentalmente disfrutaba la mujer del orfanato que crió a Jean Baptiste Grenouille: carecer del sentido del olfato para no ser atacado por los vapores nauseabundos que inundaban el ascensor: había vecinos que parecían desconocer las propiedades desodorizantes del baño diario, había otros que parecían utilizar sahumerios de marihuana para perfumar sus ropas y los demás tratábamos de tolerar las condiciones específicas en las que ellos vivían el libre desarrollo de su personalidad.
En las noches de los fines de semana el problema no era olfativo sino auditivo, ya que si no era la música y los ruidos propios de la tienda del frente (risas de borrachos, golpes de botellas de cerveza…), eran las sangrientas riñas protagonizadas por la parejita show del 501: un realizador de Cine y una pedagoga jovencísimos que se demostraban su amor insultándose, golpeándose y amenazándose con el suicidio/homicidio a altas horas de la noche.
Aún así, nunca hubo problemas para nosotros en los casi dos años que vivimos en ese sitio. Nunca nos atracaron, ningún vecino nos agredió, nunca nos vimos envueltos contra nuestra voluntad en ninguna trifulca. Por el contrario, contamos con apoyo, respeto y colaboración debido a las circunstancias particulares de mi compañero.
NUEVO BARRIO, NUEVA VIDA

Ahora estamos en un sector residencial, una comunidad de personas que habitan ese barrio desde hace unos 25 años, es decir: familias ‘de bien’ que con esfuerzo y ahorro compraron esos apartamentos cuando se encontraban aún en obra y se han constituido en un colectivo organizado que ha sacado el barrio adelante. Sus hijos han crecido allí y ahora se reproducen teniendo como hábitat este entorno ‘decente’. Son de esas familias en las que la señora se dedica a su hogar, a ir a misa los domingos y participar en las actividades que organiza la parroquia para entretener sus ocios entre las telenovelas y los realitys mientras prepara el almuerzo. Todo un cuadro –casi- bucólico en el que uno imaginaría que todo es paz y armonía, buenas relaciones de convivencia y bazares con empanadas hechas en casa. Sin embargo, a la hora de entrar en relación con gente nueva, gente a la que no reconocen como ‘uno de los suyos’, estas personas han dejado salir el bárbaro que llevan adentro y se han convertido en una horda enardecida que ataca sin reflexión.

El día de la mudanza mi compañero y yo fuimos acusados de ‘ladrones’ por los niños residentes en uno de los pisos inferiores. ¿La razón? La propia mamá de ellos, muy amable por cierto, había quitado su tapete de bienvenida para que, al pasar con nuestros muebles no nos resbaláramos o tropezáramos con este. Cuando los niños salieron y notaron la falta del felpudo no tuvieron ninguna vergüenza en gritar: “¡Uy, nos robaron el tapete… nos tocaron vecinos ladrones!”.
Al día siguiente salí a sacar la basura. La dueña anterior había dejado varias bolsas rebosadas y me había indicado que se podían sacar “después de las 7 de la noche”… así lo hice… ¿y qué me encontré?
Primero, un señor que estaba por ahí observando me increpó:“¡Me da mucha pena, pero a esta hora no se puede sacar basura!”.
Luego otro que venía desde la esquina: ¿Cómo se le ocurre? “¡El camión ya pasó como a las seis y treinta!”
Una señora que estaba en la tienda: “¡Ah! ¿Es que pensaba sacar basura a estas horas?”
Otro señor que paseaba su perro: “¡Nononononononó! ¡Aquí no vamos a alcahuetear semejante cochinada! ¡No faltaba más!”
A partir de allí ya no escuché nada porque se formó una algarabía tremenda en la que campeaban los gritos y los insultos contra mí, pecadora infame, porque estaba sacando la basura después de las 7 de la noche.
Intenté disculparme argumentando mi ignorancia, pero sus gritos ahogaron mis excusas. Como las bolsas estaban llenas y no había manera de cerrarlas, hubo una cuyo contenido comenzó a desbordarse… me agaché a recoger bajo la lluvia de insultos y dedos señalándome y aproveché para darle un efecto dramático al asunto: me puse de rodillas y clamé perdón ante la horda enfurecida, como si fuera la adúltera del pasaje bíblico. Sólo un señor se atrevió a salir tímidamente en mi defensa: : “Bueno… ella es nueva y un error lo tiene cualquiera…”…”, pero los demás siguieron vociferando ante el sacrilegio por mí cometido. En ese momento me levanté y les agradecí semejante bienvenida con toda la voz que me cupo en los pulmones y decidí que nunca voy a ser una vecinilla estilo Ned Flanders, sino que me convertiré en el gruñón Oscar que vivía entre la basura en Plaza (Barrio) Sésamo… ¡Hola - Hola Vecinillos!