Delirio producido por la conjunción de dos (o tres) obras artísticas...
Estoy leyendo (por enésima vez),El Silencio de los Inocentes, mientras escucho a Carlos Santana y sus guitarras ensoñadoras. La combinación sería perfecta si no fuera por el sitio en el que me encuentro, pero igual experimento una sensación que llamaría como de “orgasmo intelectual”… a pesar de que me hace falta con quién comentarlo. Sin embargo, pienso que no me atrevería a confesar de viva voz la intensísima emoción que me absorbe. ¿Alguien comprendería?
Cada vez que recuerdo la actuación de Anthony Hopkins en The Silence of the Lambs me enamoro más del personaje del doctor Lecter. Recuerdo la intensidad de la mirada, capaz de comunicar el profundo entendimiento que sobre el ser humano posee dicho personaje, algo que ni siquiera logra transmitir Thomas Harris mediante las palabras en su libro. ¿Qué es, exactamente, lo que hizo Hopkins para lograr en mí un efecto tan perturbador? ¿Se trata de su técnica como actor, que él mismo ha definido de una manera casi despectiva así: “yo sencillamente voy, recito mi parlamento y luego vuelvo a mi casa a esperar mi salario””? (cito de memoria de un reportaje sobre el actor en la revista Gatopardo hace unos años). ¿Se trata de la conformación de su rostro, en el que la frente ocupa una mayor proporción que la que ocupa en la mayoría de cráneos, lo que le da la apariencia de un bebé encantador, pero a la vez con un destello de perversión en la mirada? ¿Se trata, más bien, de la conexión inconsciente entre su imagen y algún arquetipo enraizado en mi memoria, que me resulta fascinante y a la vez atemorizante?
O tal vez sea todo obra del director, quien le habrá indicado a Hopkins los movimientos, la calma felina de los modales y la sutil seguridad en las inflexiones de la voz que suavemente perfora hasta el hueso mientras va formulando las preguntas exactas a Clarice Starling o a la senadora Martin. (Sensación de taladro dulcificado que inmediatamente asocio con la que produce la guitarra en Samba pa ti de Santana)
En mi opinión, uno de los momentos más maravillosos de la película es la toma de frente a Hopkins mientras acaba a varillazos con uno de los agentes en Memphis. Aclaro que no es por la violencia explícita de dicha escena, sino por el goce que trasluce en los ojos de Lecter mientras sabe que tiene en la fuerza de sus brazos el poder sobre la vida del desdichado policía. Es una consciencia que no he visto en ninguno de los asesinos personificados en el cine. Creo que no ha habido Drácula alguno, por ejemplo, que se acerque a la fabulosa contención y templanza que expresan los maravillosos ojos de Hopkins en esta escena. Pienso que ahí está el meollo del asunto: Lecter es un asesino supraconsciente, mientras que los demás (vuelvo al caso Drácula o al de Norman Bates, en Psicosis) actúan movidos por ‘entidades superiores’ a su propia voluntad, ya sea una enfermedad psiquiátrica o el fantasma de la madre, o la ira y el intenso dolor, etc. Es por eso que terminamos perdonándolos, mientras que Lecter nos provoca indignación porque nos resulta imperdonable su racionalidad, su absoluta cognición sobre lo que está haciendo; a la vez que le tenemos envidia (yo se la tengo) por ser capaz de timar a toda la policía, al FBI, a Chilton y en general a las autoridades psiquiátricas del mundo entero, según la ficción construida por Harris y seguir sus impulsos asesinos sin que le tiemble un solo nervio y sin que se le note la emoción al hacerlo.
Bendito sea Anthony Hopkins: para mí, ya se ganó el cielo de los artistas con esta sublime actuación.
















