Crónica de un extravío felino

Todo comenzó en la noche del miércoles o bien el jueves en la mañana: mi chiquita Azúcar (Sugar, para los amigos) estaba inapetente y al día siguiente no se levantó a saludarnos como siempre. Angustiada, la llevé al médico quien descubrió una pequeña herida en su labio, que posiblemente habría generado una infección y eso, unido al dolor y la inflamación, sería lo que le impedía comer normalmente. Resultado: la niña hospitalizada durante dos días, un montón de medicamentos y ‘cositas’ que había que dejar en la Clínica de Pequeños Animales… que costaron alrededor de $100.000 sin contar el valor de los exámenes, del día de hospitalización y los taxis para llevarla y traerla (casi doscientos mil, en total) y lo peor de todo: mi hogar triste sin sus maullidos y sus carreritas detrás de mí y de mi esposo. Sobra decir que se me alcanzaron a humedecer los ojos cuando me despedí y la dejé en la fría gatera que le asignaron los médicos.
La odisea tuvo lugar la noche que fui a recogerla porque ya la habían dado de alta. Ya que yo no estaba segura de que la dejarían salir ese día, no llevé la canasta para viajes y pensé: : “fácil: si me la entregan, vacío mi bolso en mi casillero de la Universidad y la llevo ahí guardadita…” ¡Tonta de mí! Tal vez por el hecho de que a mí me hicieron en tamaño micro-mini, tiendo a verlo todo desde mi perspectiva y por eso subestimé la talla de mi hija querida: resultó que no cabía del todo en mi bolso (imagino que también tuvo que ver en su aumento de tamaño el suero que le suministraron en la clínica). Le quedaba casi medio cuerpo por fuera y así, le resultaba muy fácil sacar una patita, luego la otra y brincar para salir corriendo de tan incómodo medio de transporte. Eso no sería problema si la clínica no estuviera ubicada en el campus de la Universidad más grande del país: la misma en la que yo trabajo, que tiene kilómetros y kilómetros de prados interesantísimos y muy novedosos para una gatita de apartamento hija de un par de intelectuales poco aficionados a la vida al aire libre.
Eran más de las 10 de la noche, hora en la que salgo cansadísima de trabajar y tenía ganas de cualquier cosa menos de salir corriendo por praderas oscuras persiguiendo un animalito tan ágil como ella. Sin embargo, me lo puso fácil las primeras dos o tres escapadas: corría unos pocos metros y luego aminoraba el paso, volteaba a mirar a ver si yo la estaba siguiendo y continuaba caminando a paso normal. Yo aprovechaba y la atrapaba con la mano derecha porque la izquierda la tenía ocupada con mi bolso a medio abrir, ya que había sacado la lata con la comida para seducirla con un poco untado en mi dedo. La escena se repitió varias veces en el trayecto que va de la Clínica hasta la salida de la Calle 26 (quien conozca la U. Nacional, sabe que no es corta la caminadita).
Cuando por fin logré salir y hacerle el pare a un taxi (sacando la pierna, a riesgo de perder el equilibrio, ya que tenía ambas manos ocupadas), adivinen qué… ¡se me volvió a soltar la bendita gata!
Para ese momento eran más de las 11 de la noche pero yo me sentía a punto de coronar mi objetivo. El taxista paró su automóvil y se bajó cuando vio que la gata salía corriendo; imagino que pensaría que sería cuestión de menos de dos minutos volverla a atrapar y hacer la carrera con nosotras dos a bordo. Efectivamente, la agarré de nuevo y venía tan oronda mirando hacia el taxi, que no me percaté de un desnivel en el suelo… Lo siguiente que recuerdo es el ardor de mi brazo, mis gafas empañadas por el llanto y los raspones en mis rodillas y manos: ya no había gata en ellas y yo estaba, cuan corta soy, caída con la cara contra el piso. Me levanté como pude, después de maldecir a la especie felina en general y a mi Sugar en particular, anegada en sollozos y con la conciencia de que ella ya debería estar a muchos metros de distancia, asustada como era lógico porque yo le había caído encima debido a mi torpeza.

En esas, mi adorado esposo –que además de ser invidente es clarividente- me llamó al celular, preocupado porque ya eran casi las 11:30 p.m. y no llegábamos ni dábamos señales de vida. Lo único que pude decirle en un principio fue: “MI AMOR, SE PERDIÓ LA GATA, PERDÓNAME". Él, tan calmado y comprensivo como siempre, me dio ánimos, me preguntó cómo había ocurrido todo y tomó la decisión inmediatamente:“Quédate donde estás que ya voy para allá!”. Yo traté de refutarle: eran más de las 11, ya no había Transmilenio (el único medio de transporte seguro y confiable para una persona como él), no teníamos plata para pagar tanto taxi y había poquísimas probabilidades de encontrarla.
La intuición de mi amado se impuso sobre mi pesimista racionalidad: unos 20 minutos después me encontró sentada en el andén de la entrada de la Universidad, llorando todavía la pérdida de la chiquita y adolorida de piernas y brazos por la caída.
En ese lapso ya yo les había contado toda la historia a los vigilantes de la U y se habían avisado mediante los radios de comunicación, así que todos los uniformados estaban alerta ante un posible felino perdido.
Decidimos que lo más probable era que hubiera corrido en sentido inverso, es decir, que hiciera el camino de vuelta hacia la clínica y allí nos dirigimos llamándola con nuestras voces más dulces… huelga decir que el nombre de mi hija se debe a su personalidad (¿será gatonalidad o felinidad en su caso?) acaramelada, así que el tono melifluo es el más conveniente para tratar con ella.
A nuestro paso iban surgiendo los vigilantes de los oscuros edificios a comentarnos: “no, por aquí no la hemos visto, pero cualquier cosa, nosotros les avisamos”. En la clínica recomendamos a los médicos de turno que si la veían llegar nos llamaran a la hora que fuera y nos dimos vuelta con una mínima lucecita de esperanza ya casi a punto de apagarse. Mientras caminábamos desconsolados, con la cabeza gacha, escuchamos el sonido característico de SINTRA-CAN: una jauría de perros salvajes que se ha tomado el campus como sede para sus actividades (que consisten en asustar incautos con sus ladridos y comer sobrados de las Facultades). Pensamos que tal vez estarían divirtiéndose de lo lindo persiguiendo a nuestra pequeña y decidimos seguirlos por entre los prados húmedos. Después de unos 10 minutos de caminata, los perros se nos perdieron entre los escombros de la obra del edificio de Luis Carlos Sarmiento Angulo y decidimos que no lo intentaríamos más. Nos resignamos: la gatita se perdió.
De vuelta a la salida de la calle 26 íbamos silenciosos y apesadumbrados pero yo, con mi revoltillo de creencias medio esotéricas, medio católicas, medio new-age, invocaba a Jesús, a Sai-Baba, a mis dos compañeros de Universidad muertos (Delos y Hugo, de quienes ya he escrito algo aquí) y a todos los ángeles para que la bendita gata apareciera aunque fuera trepada en el árbol que sembramos los primíparos de Psicología en Junio de 1992 en homenaje a Hugo.
Al salir, recordé que el taxista había mencionado que había visto a la gata correr hacia fuera de la Universidad… Jota decidió que la buscaríamos entonces por las calles, lo cual incrementaba las dificultades y disminuía cualquier posibilidad de encontrarla. Sin embargo, él, que es un optimista irredento, insistió en que debíamos hacerlo y agotar todas las opciones.
Sobra decir que para este punto, yo estaba más que furiosa, además de triste y frustrada. Me estaba auto sermoneando por mi torpeza, por mis pocas habilidades para cuidar de mi mascota, pensaba en qué tipo de madre sería yo con un bebé si ni siquiera era precavida para atender un gatito.
Obviamente, mi respuesta ante la decisión de mi amado fue bastante desentonada y, con algo de agresividad traté de darle un ejemplo de lo difícil que sería encontrarla: “Mira mi amor: este es uno solo de los muchos garajes y antejardines que hay en esta cuadra, multiplícalos por los de todas las cuadras que hay alrededor de la Universidad… además no tenemos la seguridad de que no haya corrido hacia la avenida. ¿Tú te imaginas mirando en cada casa, en cada ventana a medio cerrar, entre cada arbusto, en cada puerta?”
Él, al fin y al cabo iluminado, no respondió nada, sino que se agachó con un pedacito de queso entre los dedos y metió la mano en el espacio que quedaba entre la puerta del primer garaje que le indiqué y el piso y comenzó a llamarla.
No transcurrió más de un minuto cuando el corazón nos saltó al escuchar el “meaow” lastimero de la convaleciente más buscada de esa noche. En una rápida acción sorpresa que nos hubieran envidiado los militares que llevaron a cabo la “Operación Jaque”, agarré a la víctima (perdón, a Sugar) y la metí entre la maleta grande que él había traído vacía expresamente para ese fin. Hubo maullidos de protesta de ella, regaños míos, reconvenciones para ambas por parte de él, pero a eso de la 1 de la madrugada, nos subimos a un taxi para efectuar el transporte de nuestro primer “gato enmochilado”.
Hoy, nuestra Sugar está con nosotros, no la hemos vuelto a dejar salir y goza de buena salud, gracias a los médicos de la Clínica de Pequeños Animales de la Universidad Nacional. Creo que ni ella ni nosotros olvidaremos nunca la odisea de esa noche en que se nos perdió por más de dos horas.
NOTA: Ofrezco mis disculpas a los lectores por si este CAPUCCINO les ha parecido algo 'azucarado', pero pienso que la aventura lo amerita... además, un café sin dulce no es tan agradable...






















