Texto escrito a comienzos del año 2008, recuperado de entre los archivos antiguos.

Yo no sé si las vacaciones significan para otros mortales un cambio tan radical como ocurre en mi caso, pero al llegar cada fin de año mi cuerpo y mi mente claman por un descanso en el que pueda desconectarme de todas las preocupaciones que me embargan los once meses anteriores.
Esta vez no podía ser diferente, menos aún si tenemos en cuenta que el período laboral del 2007 se extendió estrepitosamente hasta el sábado 22 de Diciembre… ¡sin dejarme tiempo para sumergirme en el ambiente navideño que tanto me gusta! Por lo tanto, sólo pude salir a comprar los regalos el 23 y el mismo 24, con la previsible consecuencia de las aglomeraciones, los empujones y el estrés de no encontrar buenos artículos, sino aquellos que por su ínfima calidad no entusiasmaron a los primeros compradores.
En el mismo orden de ideas, mi hogar tampoco pudo entrar a tiempo en la onda vacacional-navideña (que en Colombia comienza inmediatamente se retiran las calabazas, brujitas y vampiros de Halloween, es decir, el 1 de Noviembre) y terminé armando el arbolito y colgando guirnaldas el propio 24 en la mañana (antes de irme a las compras). Por lo tanto, esta vez la decoración roja y verde seguirá estando de moda en mi casa por lo menos hasta el comienzo de la Semana Santa (si mi compañero lo permite, claro).
Lo cierto es que el 27 de Diciembre ¡por fin! logramos empacar el infaltable chingue y tres trapos más (mentiras, en realidad nos fuimos con 3 maletas a reventar) y emprendimos camino hacia el Valle del Cauca (patria chica y lugar de residencia de la familia extensa de mi adorado tormento) a las 5 ó 6 de la tarde. Un monumental trancón de más de dos horas en el sector de La Línea nos retrasó y terminamos llegando en la madrugada del día de los Santos Inocentes. Para esa noche, la familia tenía programada una reunión “donde estemos todos vé, porque vinieron hasta los que viven fuera de Colombia”, así que tratamos de aprovechar la mañana durmiendo en santa paz… ¡vana ilusión! Resulta que uno de los organizadores de la fiesta era nuestro anfitrión (un tío de J. que merece capítulo aparte), por lo tanto estaba a su cargo recibir en su casa los muebles, la comida, la música y demás elementos necesarios para el evento. Pero el tío tenía que estar pendiente de sus negocios y la oficina, así que la encargada de abrir y cerrar la puerta de su apartamento durante toda la mañana, fue esta servidora. La escena que se repitió varias veces fue más o menos así: un acomedido moreno valluno con una mesa (o una docena de sillas, o varias decenas de platos, o muchas docenas de tamales, o centenares de metros de cable para el sonido) a cuestas golpeando el portón y abriendo tamaños ojos, sorprendido de la facha de la rolita despistada que le atendía, ya que yo tenía el cabello aún más desordenado que de costumbre, estaba enfundada en mi única pijama calentana y no había acatado a desmaquillarme, así que parecía un mapache enrazado con rana platanera (por las manchas oscuras alrededor de mis ojos y el bogotanísimo tono blancuzco de mi piel).
Finalmente, después de dormir unas cuantas horas y tomar un reconstituyente baño de agua fría, estuvimos vestidos y organizados para tan magno evento. La fiesta resultó ser un éxito, ya que se reunieron casi 4 generaciones de “La Familia Pan-De-Leche” que se caracteriza por su alegría. No hubo mucho licor (cada uno llevaba lo que quisiera tomar), así que nos salvamos de las típicas escenas de borrachos que son tan incómodas. Lo que sí hubo fue una sorpresa mayúscula para mi suegra, ya que se suponía que uno de mis cuñados que vive en el exterior no alcanzaba a llegar debido a sus compromisos laborales. Sin embargo, con la complicidad de mi suegro y mi compañero, logró estar a tiempo para dejar con la boca abierta a su mami, a la abuelita, tíos, tías, primos y primas que asistieron.
En general fueron unas vacaciones tranquilas, sin los desajustes estomacales del año anterior -que en el 2006 no me permitieron disfrutar de mi primera visita al Valle- con una agenda no muy ajetreada (salvo la mencionada fiesta y las visitas de rigor a la familia) y con tiempo hasta para ir a Popayán, donde se encuentra otra parte de mi familia política; y a Manizales, lugar de residencia de uno de mis personajes favoritos: mi queridísimo Ken Titus , autor de mis días a quien no veía desde Septiembre.
Uno de los planes más interesantes en la Sucursal del Cielo fue el que propuso a última hora el 30 de Diciembre el tío de J: nos fuimos a La Matraca, una taberna ubicada en pleno Barrio Obrero, donde programan tangos, fox trot y algunos ritmos tropicales de los que bailaron mis abuelos en su juventud.

Se trata de un sitio que parece transportado en una máquina del tiempo, ya que está decorado con infinidad de fotografías de Carlos Gardel, Libertad Lamarque y otras estrellas de la música antigua que no pude reconocer. También hay imágenes de publicidad de la época (películas, discos, productos) y el ambiente en general me recordó las fiestas de familia porque, al contrario de lo que ocurre en la mayoría de los bares ‘de moda’, en La Matraca se mantiene una iluminación que permite ver a la persona con la que uno conversa y además se puede observar la pista de baile sin tener que adaptarse a la oscuridad como los murciélagos. ¿Por qué me parece importante mirar la pista de baile? Sencillo: resulta que la mayoría de personas que entran son adultos mayores, elegantísimos todos, que van a bailar tangos de la manera como, me imagino, lo hacían cuando eran jóvenes. Así que es muy evocador ver cómo un señor que viste rigurosa corbata, chaqueta y sombrero se acerca a una mesa, ofrece su brazo y se descubre ligeramente la cabeza en un galante gesto de invitación a bailar cuya receptora es una señora que se levanta haciendo una sutil reverencia a modo de aceptación, se recoge la larga falda con dos dedos y lo sigue hasta el centro de la pista (lo describo con detalle para que los apreciados reggaetoneros se den cuenta de cómo es un baile respetuoso y agradable).
Sobra decir que quedé fascinada con la ciudad, el clima y sobre todo: con la gente. Todos muy amables, alegres, sonrientes, bellos y se mueven como dioses, no sólo bailando sino en general manejan su cuerpo de una manera muy libre, muy agradable. Debe ser consecuencia del gen afro presente a flor de piel en los vallunos y que yo trato de recuperar infructuosamente en mí misma, porque eso sí, no hay que olvidar la frase del profesor César Constaín, eminencia de la psiquiatría en Colombia, Q.E.P.D.: No hay que sacudir mucho el árbol genealógico, porque de golpe aparecen por ahí la tátara-loca, la tátara-negra o la tátara-puta”.